Vine para quedarme,

para disfrutarlo,

para poder sentir sin pensarlo tanto.

Vine sin más, y todavía no me he ido.

¿No debería eso significar algo?

 

Vine para encontrarte pero sin tener que buscarte.

Vine para hacerlo bien,

porque mal ya se ha hecho otras veces.

 

Vine porque sí.

Sin razones,

sin motivos.

Porque el único válido debería ser el de que me apetecía,

y punto.

 

Y que me da igual si tu no quieres venir conmigo,

siempre me ha gustado viajar sola.

 

Vine por tus manos

por tus lunares

por tu voz.

Vine porque estaba harta de mis poemas de desamor.

 

Vine para demostrarme

de que también se escribir sobre principios

y no solo sobre finales.

 

Vine porque te juro que nunca lo he tenido tan claro:

ya no quiero volver más al pasado.

 

Vine porque sí,

porque quise,

sin preguntarte,

sin permiso.

 

Porque soy kamikace,

porque vine para olvidar al miedo.

Para vengarme,

para demostrarte

que si vengo sin él puede que sea fácil,

que siente bien.

Y que venga

para quedarme.

Fue entonces cuando él se marchó, y yo me quedé ahí, de pié, en el mismo lugar donde empecé, porque yo había prometido quedarme.

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